Lo que hay detrás de la idealización

A veces conoces a alguien y todo encaja (y no hablo solo de amor).

Te sorprende lo rápido que te entiendes con esa persona, cómo te ríes, cómo conectáis.

Sientes que es justo lo que necesitabas: por fin alguien que te escucha, que te entiende, que te ve.

Y en medio de esa sensación tan viva, empiezas a imaginar.

No te das cuenta, pero ya no estás viendo a esa persona tal y como es.

Estás viendo una versión propia llena de deseos y expectativas personales.

No es que lo hagas a propósito. Es que el cerebro necesita cerrar el vacío de lo desconocido con algo que le dé sentido.

Como explicaba Daniel Kahneman, nuestro sistema de pensamiento rápido simplifica, rellena huecos y crea historias coherentes aunque no sean verdaderas.

Y cuanto más deseamos algo, más probabilidades hay de que rellenemos con proyecciones.

Idealizar es un proceso lógico en el inicio de una relación. Es parte del proceso de vincularnos.

El problema no es que ocurra, el problema es que no lo detectamos a tiempo.

No lo cuestionamos.

Y entonces, en lugar de relacionarnos con la realidad, nos vinculamos con una ficción.

Cuando alguien nos ofrece una pequeña muestra de algo que anhelamos profundamente —presencia, seguridad, reconocimiento, amor—, nuestra mente hace zoom y magnifica.

Confundimos química con compatibilidad e intensidad con vínculo real.

A eso, Melanie Klein lo llamaba “escisión psíquica”: dividir al otro en “ideal” o “malo”, según lo que proyectamos, no según lo que vemos.

Y la parte más jodida es que cuando el ideal se rompe, tendemos a pasar al otro extremo: la decepción, la desilusión, la desvalorización o el rechazo.

Leon Festinger también señalaba que cuando la realidad no encaja con nuestra imagen idealizada, en lugar de ajustar la imagen, justificamos lo injustificable.

Nos contamos historias: “es que está pasando por un mal momento”, “ya cambiará”, “tengo que tener paciencia”...

Pero hay una diferencia muy grande entre tener comprensión y dejarte llevar por la fantasía.

El filósofo Alain de Botton decía que muchas de nuestras frustraciones vienen no de lo que el otro hace, sino de lo que nosotros esperábamos sin decirlo.

«Solo podemos afirmar que hemos empezado a conocer a alguien cuando nos ha decepcionado sustancialmente».

Pensamos que las personas “deberían saber”, “deberían entender”, “deberían actuar” de cierta forma.

Pero no somos tan especiales.

Nadie adivina lo que necesitas si tú no lo expresas. Y, en muchos casos, debe ser con petición clara, directa y concreta.

Tener expectativas altas no es un problema si sabes sostenerlas, comunicarlas y asumir que no todo el mundo podrá cumplirlas. En caso contrario, nadie estará a la altura.

Tener expectativas bajas tampoco es una virtud si eso implica conformarte con relaciones que te hacen daño o estar ciego a las alarmas que se dan desde el primer momento.

En ambos extremos hay una renuncia a la claridad, al compromiso contigo.

A veces lo hacemos porque no tenemos claro lo que buscamos. O porque lo que buscamos cambia según el día. O porque no nos hemos detenido a preguntarlo en serio.

Y si tú no tienes claro lo que quieres de una relación —ya sea profesional, afectiva o familiar—, es muy fácil que te conformes con el subidón del inicio. Con la química, la promesa, la emoción.

Por eso, lo más estratégico no es “tener fe” ni “dar segundas oportunidades eternas”.

Lo más estratégico es saber qué sí y qué no quieres construir.

Y no desde lo abstracto, sino en lo concreto.

  • ¿Qué tipo de vínculo buscas?
  • ¿Qué valores necesitas compartir?
  • ¿Qué cosas son negociables y cuáles no lo son?
  • ¿Qué señales no voy a ignorar?

Esta es la parte que cuesta. Porque implica renunciar al placer inmediato y elegir lo que tiene sentido a largo plazo.

Como decía el poeta Mario Benedetti…

Definitivamente, no hay peor sensación que comprobar que esa persona que creías diferente y especial, es en realidad, como todas las demás.

Idealizar es fácil.

Sostener una relación real no tanto.

Pero es ahí donde se construyen los vínculos que valen la pena.

Susana Guzmán

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