Vivimos obsesionados con encontrar un propósito.
Una meta, una misión, un gran para qué.
Y si no lo encontramos, sentimos que estamos fallando.
Como si todo tuviera que tener un sentido trascendente para que valga la pena.
Como si solo pudiéramos descansar cuando hayamos descubierto para qué estamos aquí.
Durante años, caí en esta trampa.
Convertí esa búsqueda en una exigencia que solo me generaba angustia e insatisfacción diaria.
Me sentí incapaz por no saber identificar mi para qué.
Me sentí a la deriva porque pensaba que perdía el tiempo en actividades alejadas de algo mayor.
Fui posponiendo mi felicidad hasta encontrarlo.
Error.
El supuesto “propósito” es un estándar inalcanzable que convierte todo lo que haces ahora en algo pequeño, insuficiente, casi irrelevante.
Y ese hacer insignificante empieza a confundirse con tu ser. Ya no es lo que haces, sino quién eres. Eres alguien pequeño, insuficiente, casi irrelevante por no hacer cosas con propósito.
El psicólogo húngaro Mihaly Csikszentmihalyi dedicó décadas a estudiar lo contrario: lo que ocurre cuando no buscas nada, pero estás completamente dentro de lo que haces.
Cuando desaparece la duda, el esfuerzo y el juicio.
Cuando no estás pensando en tu propósito, ni en ti, ni en cómo deberías estar viviendo… porque estás viviendo.
A ese estado lo llamó estar en “Estado de Flow”.
A través de entrevistas y estudios con artistas, cirujanos, bailarines, escaladores, músicos, jugadores de ajedrez… descubrió que las experiencias más intensas de plenitud no provenían de logros externos, ni de recompensas, ni de reconocimiento, sino de un tipo de vivencia interna donde la persona se sentía completamente absorbida por la actividad que estaba realizando.
No había esfuerzo, pero había reto.
No había distracción, pero sí presencia.
Ese estado se da cuando se alcanza lo que Csikszentmihalyi llamó el “reto óptimo”: un equilibrio preciso entre el nivel de dificultad de la tarea y la capacidad de la persona para afrontarla.
Cuando el reto supera tus recursos o habilidades, aparece la ansiedad y la frustración. Cuando tus habilidades superan el reto, aparece el aburrimiento.
Pero cuando se alinean, aparece el flujo.
No hay tiempo. No hay juicio. No hay yo.
Solo estás ahí. Haciendo. Fluyendo.
Y esa experiencia, por sí sola, ya es profundamente placentera.
Tanto, que la mayoría de personas buscan repetirla. No por obligación. No por recompensa. Sino por la experiencia misma.
Para que se produzca este estado, Csikszentmihalyi identificó 6 condiciones clave:
- Una unión natural entre lo que piensas y lo que haces.
- Una sensación real de control sobre la tarea.
- Un nivel alto de concentración y atención sostenida.
- Metas claras y bien definidas.
- Claridad en los objetivos concretos que guían la acción.
- Retroalimentación inmediata y específica mientras la realizas.
Cuando todo eso ocurre, la percepción del tiempo se distorsiona.
El “yo” se apaga. Y se accede a una forma de felicidad que no tiene que ver con el placer inmediato, sino con el uso pleno de tus capacidades.
Con estar totalmente presente.
Mientras el mundo te dice que “tienes que encontrar tu propósito”, Csikszentmihalyi propone algo mucho más sencillo y práctico.
Encontrar…
«El momento en que funcionamos a pleno rendimiento y estamos concentrados en la actividad que realizamos, lo que nos llevará a alterar la percepción del tiempo, a olvidarnos del yo y experimentar una felicidad mucho más profunda que la simple obtención de placer»
Si has vivido ese momento, ya lo tienes.
Y no tiene que ser solo a nivel profesional.
Intenta llenar tu vida con mucho flow y dejarás de buscar lo que otros nos venden como la pócima mágica de la felicidad.
En lugar de preguntarte qué deberías estar haciendo con tu vida, pregúntate esto:
→ ¿Cuándo fue la última vez que el tiempo se te pasó volando?
→ ¿En qué actividad te olvidas de ti, del juicio, de la expectativa?
→ ¿Qué tarea te exige lo justo: ni tanta que te abrume, ni tan poca que te aburra?
Si no tienes respuesta, elige una actividad al azar. Alguna que te guste más que otras.
Hazla por el mero hecho de hacerla. Sin mirar el reloj. Sin esperar resultado.
Y observa qué pasa.
Si la experiencia te absorbe, te calma y te llena al mismo tiempo, entonces no necesitas más propósito que ese momento.
Empieza por ahí.
Luego ve probando con otras actividades similares, incluso con actividades nuevas.


















